La mirada del chicano
El Comercio, Lima, Perú - Sábado, 22 de Mayo de 2004

Esta mirada mira sin malicia a la "princesa" de Quilca, esa robusta y rubia 'vedette' que exhibe impúdica y a dos dimensiones las redondeces al sur de su espalda. Esta mirada es agua, aire, tierra y fuego. Es, por decirlo así, una mirada desde el espíritu. Ojos que miran, pero parecieran no hacerlo, u observan, digamos, sin querer queriendo. Mira como nadie y ahora todos la ven con admiración.

Ojos enormes rodeados por llamaradas de fuego nos observan desde la nueva fachada de un viejo edificio de tres plantas ubicado frente al bar El Averno. Esta mirada es la réplica casi exacta de una que Mario Torero, quizá el muralista peruano más cuerdo de la historia, pintó en 1977 en San Diego, California, donde vive desde los 12 años -ahora tiene 56-. Esta es una mirada a su vida, ahora que ha vuelto para seguir con su locura.

Torero frijolero

Él es peruano pero lleva el espíritu 'chicano' en la sangre. Ha luchado por los derechos de los latinos en las calles de San Diego en 1970, tiempos de las 'Panteras Negras', Vietnam y la Guerra Fría. Aquella "Revolución Chicana" -como se llamó- trajo como resultado la creación del centro cultural La Raza y el Chicano Park en la ciudad norteamericana, espacios que gracias a él continúan vigentes hasta hoy y son todo un símbolo de esos duros días de batalla en contra del 'establishment gringo'.

En California, en el 77, Torero pintaría esta mirada, a la que llamó "Los ojos de Picasso". "Picasso fue un modelo de revolución para toda la 'raza' y un insurgente de ciencia y conciencia", asegura el artista. Al poco tiempo, las autoridades la borrarían, y él volvería a pintarla, una y otra vez, hasta que fue removida para siempre -cree- el año pasado.

Pero estos nuevos ojos capitalinos, esta mirada de Torero llamada "Quilca en los ojos del mundo", podrá respirar tranquila. De aquel sonado altercado de hace dos años entre "El Averno" y el municipio limeño -con el que se pretendió remover las imágenes pintadas en las paredes de Quilca-, no queda ya nada. El artista ha pintado tranquilo y ha dejado en su país la obra que más lo representa y con la que pelea en Estados Unidos, "desde las entrañas del monstruo", para conseguir la reivindicación latina. "El dinero y la falta de comida no nos detienen -comenta, protegido por su sombrero de dos puntas y su chaleco de cuero negro,-: Allá arriba se come muy bien pero se está sin espíritu. En cambio, aquí no se tiene nada pero se tiene todo a través del espíritu".

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